Hola, hola; estimad@s lector@s de Mundo Liral. Espero que se encuentren muy bien. Estamos en la apertura de finales del mes. Mañana es Halloween, día del Escudo Nacional: orgullo ecuatoriano de portar un símbolo que nos representa el ideal de una patria que ahora está destruida y desangrada por culpa de los altos dirigentes militares. No culpen a Noboa, el es solo un simple peón y/o/u tapadera del verdadero enemigo que nos acecha. Él no es el verdadero asesino de la patria. Aunque, los disfraces que su familia mostraron este año, dicen justo lo que todos pensamos.
En fin, como ya les dije, no tengo planes de nada más que escribir para un reto al que decidí participar en Noviembre por el cumpleaños de mis dos lobitos encantadores. Ya los conocen, ¿ verdad? Hablo de ellos de forma recurrente y los presumo cada vez que obtengo un ejemplar nuevo, entre tantos temas que trato en este sitio. Aprovecharé el tiempo en que he quedado sola para avanzar.
En fin, vayamos al epicentro del asunto. Aquí van algunas recomendaciones de lecturas para estas fechas muy naranjosas. Comenzamos con la primera lectura que seguro les ha de sonar de algo... ¿Un hombre lobo en París?, o su titulo original: El lobo-hombre es uno de los mejores cuentos del escritor Boris Vian. La historia trata sobre el día a día de un lobo civilizado llamado Denis, que un día, se vuelve un hombre completo y aprovecha esta oportunidad para disfrutar de las ventajas y desventajas que conlleva tener humanidad.
Lo estuve leyendo, y no pude evitar pensar en mis dos muchachos, que también son hombres lobo civilizados, por así decirlo. Les comparto un poco de la lectura. el resto podrán visitar en la página de Ciudad Seva.
Enlace: https://ciudadseva.com/texto/el-lobo-hombre-vian/
En el Bois des Fausses-Reposes, al pie de la costa de Picardía, vivía un muy agraciado lobo adulto de negro pelaje y grandes ojos rojos. Se llamaba Denis, y su distracción favorita consistía en contemplar cómo se ponían a todo gas los coches procedentes de Ville-d’Avray, para acometer la lustrosa pendiente sobre la que un aguacero extiende, de vez en cuando, el oliváceo reflejo de los árboles majestuosos. También le gustaba, en las tardes de estío, merodear por las espesuras para sorprender a los impacientes enamorados en su lucha con el enredo de las cintas elásticas que, desgraciadamente, complican en la actualidad lo esencial de la lencería. Consideraba con filosofía el resultado de tales afanes, en ocasiones coronados por el éxito, y, meneando la cabeza, se alejaba púdicamente cuando ocurría que una víctima complaciente era pasada, como suele decirse, por la piedra. Descendiente de un antiguo linaje de lobos civilizados, Denis se alimentaba de hierba y de jacintos azules, dieta que reforzaba en otoño con algunos champiñones escogidos y, en invierno, muy a su pesar, con botellas de leche birladas al gran camión amarillo de la Central. La leche le producía náuseas, a causa de su sabor animal y, de noviembre a febrero, maldecía la inclemencia de una estación que le obligaba a estragarse de tal manera el estómago.
Denis vivía en buenas relaciones con sus vecinos, pues éstos, dada su discreción, ignoraban incluso que existiese. Moraba en una pequeña caverna excavada, muchos años atrás, por un desesperado buscador de oro, quien, castigado por la mala fortuna durante toda su vida, y convencido de no llegar a encontrar jamás el «cesto de las naranjas» (cito a Louis Boussenard), había decidido acabar sus días en clima templado sin dejar de practicar, empero, excavaciones tan infructuosas como maníacas. En dicha cueva Denis se acondicionó una confortable guarida que, con el paso del tiempo, adornó con ruedas, tuercas y otros recambios de automóvil recogidos por él mismo en la carretera, donde los accidentes eran el pan nuestro de cada día. Apasionado de la mecánica, disfrutaba contemplando sus trofeos, y soñaba con el taller de reparaciones que, sin lugar a dudas, habría de poner algún día. Cuatro bielas de aleación ligera sostenían la cubierta de maletero utilizada a manera de mesa; la cama la conformaban los asientos de cuero de un antiguo Amílcar que se enamoró, al pasar, de un opulento y robusto plátano; y sendos neumáticos constituían marcos lujosos para los retratos de unos progenitores siempre bien queridos. El conjunto armonizaba exquisitamente con los elementos más triviales reunidos, en otros tiempos, por el buscador.
La siguiente lectura recomendada, por el grupo de Lecturía. Una lectura de noche de brujas no puede estar completa si no hay vampiros de por medio... o gente loca que se hace pasar por ellos para cometer asesinato. El vampiro del escritor Horacio Quiroga, que cuenta sobre una sucesión de situaciones tanto extrañas como sorprendentes que involucran el asesinato de una mujer a manos de su esposo con el tornillo flojo y una misteriosa gata negra involucrada. Todo esto es narrado por un hombre internado en un sanatorio mental que tiene relación con un caballero noble obsesionado con las fotografías. Les dejo algunos párrafos de lectura. El resto pueden leerlo en Ciudad Seva.
-Sí -dijo el abogado Rhode-. Yo tuve esa causa. Es un caso, bastante raro por aquí, de vampirismo. Rogelio Castelar, un hombre hasta entonces normal fuera de algunas fantasías, fue sorprendido una noche en el cementerio arrastrando el cadáver recién enterrado de una mujer. El individuo tenía las manos destrozadas porque había removido un metro cúbico de tierra con las uñas. En el borde de la fosa yacían los restos del ataúd, recién quemado. Y como complemento macabro, un gato, sin duda forastero, yacía por allí con los riñones rotos. Como ven, nada faltaba al cuadro.
En la primera entrevista con el hombre vi que tenía que habérmelas con un fúnebre loco. Al principio se obstinó en no responderme, aunque sin dejar un instante de asentir con la cabeza a mis razonamientos. Por fin pareció hallar en mí al hombre digno de oírle. La boca le temblaba por la ansiedad de comunicarse.
-¡Ah! ¡Usted me entiende! -exclamó, fijando en mí sus ojos de fiebre. Y continuó con un vértigo de que apenas puede dar idea lo que recuerdo:
-¡A usted le diré todo! ¡Sí! ¿Que cómo fue eso del ga… de la gata? ¡Yo! ¡Solamente yo! Óigame: Cuando yo llegué… allá, mi mujer…
-¿Dónde allá? –le interrumpí.
-Allá… ¿La gata o no? ¿Entonces?… Cuando yo llegué mi mujer corrió como una loca a abrazarme. Y en seguida se desmayó. Todos se precipitaron entonces sobre mí, mirándome con ojos de locos. ¡Mi casa! ¡Se había quemado, derrumbado, hundido con todo lo que tenía dentro! ¡Esa, esa era mi casa! ¡Pero ella no, mi mujer mía! Entonces un miserable devorado por la locura me sacudió el hombro, gritándome:
-¿Qué hace? ¡Conteste!
Y yo le contesté:
-¡Es mi mujer! ¡Mi mujer mía que se ha salvado!
Entonces se levantó un clamor:
-¡No es ella! ¡Esa no es!
Sentí que mis ojos, al bajarse a mirar lo que yo tenía entre mis brazos, querían saltarse de las órbitas ¿No era esa María, la María de mí, y desmayada? Un golpe de sangre me encendió los ojos y de mis brazos cayó una mujer que no era María. Entonces salté sobre una barrica y dominé a todos los trabajadores. Y grité con la voz ronca:
-¡Por qué! ¡Por qué!
Ni uno solo estaba peinado porque el viento les echaba a todos el pelo de costado. Y los ojos de fuera mirándome. Entonces comencé a oír de todas partes:
-Murió.
-Murió aplastada.
-Murió.
-Gritó.
-Gritó una sola vez.
-Yo sentí que gritaba.
-Yo también.
-Murió.
-La mujer de él murió aplastada.
-¡Por todos los santos! -grité yo entonces retorciéndome las manos-. ¡Salvémosla, compañeros! ¡Es un deber nuestro salvarla!
Y la última recomendación para el feriado es un clásico de clásicos que seguro les han hecho leer en sus tiempos de colegio cuando conocieron en la materia de Lengua y Literatura a Edgar Allán Poe. Y, no, no es el cuervo, aunque sea intrigante. El cuento tiene que ver con nuestro sello de escritoras y es... El gato negro. La historia que cuenta es la de un hombre que ama mucho a los animales, especialmente a su gato negro llamado Pluto o Plutón. A medida que el hombre crece y le pasan muchas desgracias en su vida, se mete en la inmundicia de su alma, se refugia en el alcohol y eso lo lleva a episodios de violencia, que principalmente ejerce con el pobre Pluto, revelando la maldad, obsesión y perversidad de aquel hombre hacia el animal. Les comparto un par de párrafos y el resto lo leen por su cuenta.
No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales.
Desde la infancia me destaqué por la docilidad y bondad de mi carácter. La ternura que abrigaba mi corazón era tan grande que llegaba a convertirme en objeto de burla para mis compañeros. Me gustaban especialmente los animales, y mis padres me permitían tener una gran variedad. Pasaba a su lado la mayor parte del tiempo, y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer y los acariciaba. Este rasgo de mi carácter creció conmigo y, cuando llegué a la virilidad, se convirtió en una de mis principales fuentes de placer. Aquellos que alguna vez han experimentado cariño hacia un perro fiel y sagaz no necesitan que me moleste en explicarles la naturaleza o la intensidad de la retribución que recibía. Hay algo en el generoso y abnegado amor de un animal que llega directamente al corazón de aquel que con frecuencia ha probado la falsa amistad y la frágil fidelidad del hombre.
Me casé joven y tuve la alegría de que mi esposa compartiera mis preferencias. Al observar mi gusto por los animales domésticos, no perdía oportunidad de procurarme los más agradables de entre ellos. Teníamos pájaros, peces de colores, un hermoso perro, conejos, un monito y un gato.
Este último era un animal de notable tamaño y hermosura, completamente negro y de una sagacidad asombrosa. Al referirse a su inteligencia, mi mujer, que en el fondo era no poco supersticiosa, aludía con frecuencia a la antigua creencia popular de que todos los gatos negros son brujas metamorfoseadas. No quiero decir que lo creyera seriamente, y sólo menciono la cosa porque acabo de recordarla.
Plutón -tal era el nombre del gato- se había convertido en mi favorito y mi camarada. Sólo yo le daba de comer y él me seguía por todas partes en casa. Me costaba mucho impedir que anduviera tras de mí en la calle.
Nuestra amistad duró así varios años, en el curso de los cuales (enrojezco al confesarlo) mi temperamento y mi carácter se alteraron radicalmente por culpa del demonio. Intemperancia. Día a día me fui volviendo más melancólico, irritable e indiferente hacia los sentimientos ajenos. Llegué, incluso, a hablar descomedidamente a mi mujer y terminé por infligirle violencias personales. Mis favoritos, claro está, sintieron igualmente el cambio de mi carácter. No sólo los descuidaba, sino que llegué a hacerles daño. Hacia Plutón, sin embargo, conservé suficiente consideración como para abstenerme de maltratarlo, cosa que hacía con los conejos, el mono y hasta el perro cuando, por casualidad o movidos por el afecto, se cruzaban en mi camino. Mi enfermedad, empero, se agravaba -pues, ¿qué enfermedad es comparable al alcohol?-, y finalmente el mismo Plutón, que ya estaba viejo y, por tanto, algo enojadizo, empezó a sufrir las consecuencias de mi mal humor.
Y eso es todo por hoy. Espero que les haya gustado las recomendaciones. Mundo Liral les desea feliz inicio del mes de Noviembre, felices fiestas y feriados. Un abrazo. Nos vemos en la próxima entrada al blog.
Lira.
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