-imagen original sacada de El viaje de las dos lamentaciones: Reminiscencia de El Gran Cacao-
Hola, hola; estimad@s lector@s de Mundo Liral, espero que se encuentren muy bien. ¿Cómo se sienten en el penúltimo día del mes de marzo? El tiempo pasa rápido, demasiado rápido y Lira está aquí una vez más para intentar sacar el chiringuito adelante, aunque no me solicitan ni una mosca.
Ando ni bien, pero tampoco mal, arreglandomelas como puedo. Les cuento que el fin de semana por fin me puse a trabajar y terminar un capítulo que tenia pendiente de un proyecto/práctica secreta de una shipp que me gusta mucho, pero a las fuerzas e insistencia de las voces de mi cabeza. Nambre, ellas me insistían de ya terminar con lo que empecé, aunque no tenia ganas. Este grupo imaginario de clientes me decían: solo agrega una que otra cosa y arreglalo (ya estaba pre-escrito), me amenazaron con su onmipresencia, con armas y una playlist de José José para que amarre, según aquellos, la inspiración.
Al fin y al cabo de tanta presión que quedé como rata envenenada a las 3 de la mañana, pude terminar el capítulo con los personajes satisfechos, el grupo no tanto (faltan hacer más correcciones a ese capítulo y el epílogo de ese proyecto) y con la ayuda del becario de confianza que tuvo que darle una mano a la pobre rehén con consejos, correcciones de estilo y demás.
Bueno, la cosa es que, ya quiero terminar ese primer volumen del proyecto para pasar al siguiente volumen (son cuatro volúmenes, chingada) que tenemos planeados, sin destino todavía. Si, solita me termine poniendo la soga al cuello y ahora me cuesta un chingo continuarlo.
Y de ahí, el mismo dilema de todos los santos días de mi vida. Sumado a las tragedias diarias del mundo: niños desaparecidos, gente con enfermedades que deterioran su vida, gente enferma que hacen daños a otros, funas a gente inocente, animalitos maltratados y abandonados, temas delicados como la Eutanasia, y lo que esta ocurriendo con el sector artístico y educativo que deja en más evidencia que a nadie le importa ni entiende lo que representa las formas de arte, investigación y educación de calidad (incluido el sector de salud). Que mal gobierno.
En fin, la lectura que les comparto los llevará a un tramo del Guayaquil bohemio del pasado, bueno, no tan pasado (a inicios de este siglo). Es una crónica de periodismo literario de un cronista guayaquileño llamado Francisco Santana. Este texto lo leí en mi etapa universitaria para la clase de No-ficción (me gusta la no-ficción, si lo habrán notado) y me encanto la historia que Santana cuenta cuando frecuentaba El Cacao bar para documentar la actividad nocturna de Guayaquil. La crónica fue originalmente publicada en la revista Mundo Dinners (una de mis revistas favoritas desde la secundaria)
En fin, sin más que decirles, disfruten su lectura. Les comparto el enlace del archivo que tengo a mi disposición.
https://us.docworkspace.com/d/sbNa4s4Hc3zNG7iO_09m78lqnk9uvst6fo1?sa=601.1037
El bar donde todo empezó
Por, Francisco Santana
Uno no sabe en qué momento le llegará su noche negra. Pero cuando se vive al borde de un acantilado, el salto al vacío siempre llega. Jimmy Lisandro Mendoza, ese fue el hombre que inició todo. Es verdad, para muchos solo es un nombre más que no les dice nada, y hasta puede ser un nombre ridículo. Sin embargo, La Zona Rosa de Guayaquil arrancó con este nombre. Con este hombre que ahora ya no está. Ahora anda por París agitando tiempo y espacio, persiguiendo huidizas botellas de vodka, escamoteando un poco de dinero a su esposa francesa para poder comprar alcohol.
Y quizás es cierto que era otra ciudad. Que era otro Guayaquil, uno muy distinto a este. Pero de lo que no cabe duda es de que era otro tiempo, y tal vez era mejor. Un tiempo de vino y rosas, de noches perdidas, de madrugadas infinitas donde los nombres se confundían con los tragos y los rostros se borraban con el humo del cigarrillo, aunque la fiesta no terminaba con la llegada del día, porque todo parecía una continuación. Un tiempo que algunos sabemos muy bien no volverá más.
El Gran Cacao surgió una noche cualquiera de 2002, puede ser que fuera trece, que más da, pudiera ser que fuera martes. Pero antes de que esa vieja casa de madera, ubicada en Imbabura entre Panamá y Rocafuerte, se llenara de música y de situaciones límites, Mendoza lo concibió todo entero en su cabeza. El día está perdido en algún lugar de mi memoria. La fecha duele porque irremediablemente todo está ligado a una mujer, y el corazón no se engaña, entiende que los recuerdos muerden.
Pero ya se sabe que Dios detesta a los cobardes, así que mejor lo cuento rápido. Jimmy y yo compartíamos un departamento en un edificio de bomberos, la compañía número 2 Salamandra, que queda en Pedro Carbo y Nueve de Octubre, frente a la iglesia San Francisco. Llegó una tarde y dijo que había encontrado el lugar ideal para montar otro bar. Otro, porque ya habíamos vivido la tremenda aventura del Palo Santo, una historia de fábula que bien vale un cuento. No es que estuviera particularmente emocionado, Jimmy sabía camuflar bastante bien sus emociones, pero en su voz había algo de excitación. Tenía la idea, pero nada de dinero.
Inventó un plan: se lo pediría a unos amigos y ellos se convertirían en una especie de accionistas a los cuales no les devolvería nada, pero podrían ir al bar y beber siempre sin pagar. La idea funcionó. Yo me anoté primero y le entregué doscientos dólares. El Gran Cacao había nacido sin que su dueño pusiera un sucre. El salto en la memoria y en el tiempo es necesario, porque narrar sobre calurosas tardes derrumbando paredes podridas, limpiando excremento de ratas, en lo que había sido un restaurante de comida criolla, y luego se convirtió en El Gran Cacao, no tiene ningún atractivo. Lo que sirve para la historia es que Mendoza se había enterado por algún contacto en el Municipio de Guayaquil que ese era el sector donde iba a funcionar la Zona Rosa; entonces se aprovechó de esa situación para conseguir que le alquilen el sitio por poco dinero.
Una noche el bar ya estaba. Empezó con los amigos y cero curiosos. Sin inauguración. Sin invitaciones. Sin publicidad. Sin moda. Sin importancia. Sin nada de eso que se estila cuando se abre un negocio y alguien pretender causar un fuerte impacto. Pero comenzó con el ingrediente que, a mi juicio, convirtió a El Gran Cacao en leyenda: sin excluir a nadie. También con precios que sonaban hermosos al oído: cerveza, un dólar; cualquier trago de ron, whisky, ginebra o vodka, tres dólares; ese era el valor máximo de un trago. El despegue fue lento pero seguro. Los amigos llevaron a otros amigos. Nadie detuvo el boca a boca. Fue como una ola que mojó las madrigueras de los bichos nocturnos y los empujó a salir. Los curiosos llegaron solos. Las chicas raras y guapas llegaron de la mano de algún trasnochado artista, y con ellas también los chicos raros que las siguen a todas partes. Antes habían llegado los extranjeros de la Alianza Francesa, el primer contingente de importados; a estos les siguieron los bohemios de siempre: unos vagos y pobres, otros con la suerte de un papá que les costeaba el trago.
Hubo una inundación de intelectuales, músicos, pintores, escritores, poetas, periodistas, creativos, publicistas, cineastas, charlatanes, cazadores de gringas, tránsfugas, locos, locas, perdedores, miserables y alguna que otra persona normal; sin embargo, es importante señalar que estos últimos eran escasos y raros.
De repente, el Cacao se convirtió en la casa de muchos, sobre todo de aquellos que habían masticado amargamente el rechazo de esos lugares donde se reservaban el derecho de admisión. Aquí se impuso la canción, “Solo un poco” del español Manolo García, que tanto gustaba a Mendoza y que dice: “Todos somos hijos del vaivén, cazador casado, cálido gemido, ventanas abiertas al relente de la noche, barrera en el sonido, pájaro sin norte”. También se impusieron muchas otras que no se escuchaban en ningún bar. Y a lo mejor fue esa música que la mayoría calificaba de extraña lo que puso a El Gran Cacao de moda.
Entonces sucedió lo inevitable, el bar se hizo famoso y con eso llegaron los problemas. Pero eso fue después, cuando las distancias entre lo que alguna autoridad municipal consideraba decente y lo que pasaba en El Gran Cacao, se hicieron insalvables. Entonces lo clausuraron y nunca más abrió sus puertas. Antes, otros bares aprovecharon el impulso del Cacao y se cobijaron bajo su estela de éxito. Es justo y preciso señalar que El Colonial, esquina de Rocafuerte e Imbabura, ya estaba ahí y tenía su público. Ese bar nació como una peña en la casa donde un día vivió el escritor lojano Ángel Felicísimo Rojas. Sin embargo,234, Bla Bla Bla, Pirañha, Santo Remedio y algún otro que se instaló en la misma calle Imbabura, se beneficiaron directamente de lo que El Gran Cacao representó.
La Zona Rosa creció en todas las direcciones. Por el lado de Rocafuerte surgió Heineken Bar, que se instaló junto al mítico Vulcano, reducto de situaciones extremas, que hizo las delicias de muchos y reinó con su propuesta gay y alternativa. Luego llegó Praga con su balcón farandulero y con el gordo Pedro Ortíz en el papel de anfitrión de famosillos. La Zurda tuvo su apogeo en Padre Aguirre; al frente se instaló Sukata. Cada semana aparecía otro hueco donde se podía beber y explotar. Las calles de uno de los barrios más antiguos de Guayaquil se llenaron de diversión y excesos. Sin embargo, nunca hubo una desgracia; la vaina no pasó
de alguna que otra riña callejera. Nada más.
Lo bueno es que El Gran Cacao siguió prendido y metiendo su propia respiración. Fuerte. Avasallador. Diferente. Marcando el ritmo de las calientes noche guayacas. Tanto, que el interior resultó pequeño. Mendoza no se durmió. Amplió el local, hizo más baños, montó un escenario para tocadas. Sus aceras reventaron de gente. Una noche llegó Héctor Napolitano con una guitarra de palo y se quedó una semana acurrucado en los rincones del bar. Cuando se largó, después de que mucha gente lo buscó hasta debajo de las mesas, ya no tenía voz. Se fue pelado, ni siquiera un dólar para el taxi encontró en sus bolsillos. Pero se fue feliz. Esa era la misión de Mendoza. Crear la ilusión de felicidad. Evangelizar mediante el trago, la conversación y la música.
Entonces todos quisieron ser amigos del dueño. Bastantes lo intentaron, pero pocos tuvieron éxito. Jimmy tenía la sabiduría y adivinaba las intenciones. Era difícil vencerlo, pasarle gata por conejo. A lo mucho se podía emborracharlo, aunque era duro igual. Desde mi posición de bartender conocí el éxtasis y la desgracia. Escuché sus inclasificables disertaciones sobre la vida, donde la imagen de una mujer siempre descolocaba todo. Y a esas mujeres se debió Mendoza; alguna confundida hasta se creyó dueña del bar y estuvo a punto de incendiar el lugar. Otra rompió cientos de cervezas y dejó a muchos con sed solo porque Mendoza no la aceptaba como novia. Una loca se sacó los pantalones con la excusa de que se le dañó un botón. Un par se dieron golpes y botellazos, con heridas y sangre incluida. Unos cuantos tuvieron sexo amparados en las sombras y en la falta de vigilancia. Así, los escándalos le fueron ganando a la diversión.
Aunque también hubo momentos memorables como cuando Héctor Napolitano, la violinista italiana Silvia Mondino y el director de la orquesta cubana Los Van Van, armaron un combo y ofrecieron un concierto que, con seguridad, debe estar guardado en las páginas imperdibles de la historia absurda que toda ciudad divertida está obligada a tener. Esa fue la primera vez que la gente pagó para entrar a El Gran Cacao. Pero igual no alcanzó, ya que una multitud se quedó fuera. Físicamente El Gran Cacao era un barcito sin pretensiones, repleto de madera y olor antiguo, ubicado a dos cuadras del bendito Malecón2000, zona poderosa donde la pepa de cacao reinó por años. Algunos asiduos lo bautizaron La Pocilga. Siempre aguantó con mesas en la acera y sin aire acondicionado. El piso tenía baldosas, pero cualquier noche aparecían con una costra de pintura barata. Las paredes de madera estaban despintadas y apolilladas; algunas eran blancas o de colores chillones. Los baños eran ajedrezados, con puertas de hierro forjado y otros arabescos.
En las paredes colgaban palas de madera, que servían para remover el cacao cuando este se secaba al sol. Había sacos rellenos de aserrín que se usaban como asientos. Las mesas, bancos y sillas estaban fabricados de muyuyo. La decoración incluía velas encerradas en complicados receptáculos y cosas antiguas que Mendoza revolaba en su peregrinar callejero.
Alguna pintura hecha directamente sobre las tablas. Madera vieja y papel periódico también viejo, que parecía haber estado allí desde siempre; páginas amarillentas que retrataban la historia, el tiempo que se fue por los rincones, y que funcionaba de vínculo con esa sensación melancólica de que la vida no volvería a ser la de antes.
Estaban también las lámparas, diseñadas y construidas por Mendoza, con los rezagos que aún le quedaban de una época cuando se atrevía con la pintura. Incluso ganó un Salón de Julio. En el centro estaba la gente. Aunque a nadie le importaba quién eras ni de dónde venías. Ni siquiera se aceptaban tarjetas de crédito. El deber era igual para todos, ser una simple persona y tomar unas copas. Lo mismo se escuchaba bolero, blues, salsa, son, rock, disco, flamenco, balada, pop, tango, bossa nova, jazz y cualquier cosa que se le ocurriera a Mendoza.
No había género definido. Era un lugar donde la gente perdía esa sensación de excluido que otros sitios le hacían sentir. En esa labor ayudaron el negro Lucho, Paola Santamaría, Tatiana, Mario Rodríguez, el chino Jaime. No tengo todos los nombres, pero esa gente trabajó en El Gran Cacao y metió su parte de sudor para que la leyenda fuera posible. Seguro no ganaron mucho dinero, pero ellos también fueron protagonistas y se grabaron en el alma frases como esta de Manolo García: “Sabes que los días apenas nos dan para un vivir apresurado. Sabes que tuvimos alas y el presente ya es pasado”.
Ahora cuando cae la noche la melancolía me invade feamente. Pienso en Simple Man, esa canción de la banda estadounidense Lynard Skynard y me siento derrotado. La pongo en el reproductor y vuelvo a la noche en que la escuché por primera vez en El Gran Cacao. Todo está perdido. ¿A dónde se fue la diversión? Recreo en mi memoria tantos días que se escaparon junto a esos grandes amores fugaces. No sé por qué tengo la certeza de que los momentos brillantes duran poco y la distancia no se salva con sollozos. Siento los ojos aguados y las lágrimas están a punto de venir. Desde mi ventana veo las luces que brillan en el fondo gris de este Guayaquil incompleto, pienso y siento, -y esto si es una desgracia- que todo se pudre sobre una fina capa de nostalgia que casi me hace llorar.
...
¿Saben porque es una de mis crónicas gonzas favoritas? Es simple: construye el nacimiento de una de las emblemáticas (y polémicas) zonas urbanas y populares de mi caótica ciudad, el barrio Rosa a dos cuadras del Malecon2000. Cada vez que pas(aba)o por ahí a pie o a Metrovía, me acuerdo de esta historia del ahora inexistente El Gran Cacao.
Por cierto, puede que en la próxima entrada del blog les comparta una especie de crónica que hice para la materia de No-ficción. La hice enfocada en un día de trabajo de una doñita que viaja desde Pedro Carbo a vender verduras por mi sector y es buena amiga de la familia.
Eso es todo por hoy, espero que les haya gustado la lectura.
¡Nos vemos en la próxima entrada! ¡Besos!
Lira
Comentarios
Publicar un comentario