Buenas, buenas; estimad@s lector@s de Mundo Liral. Estamos viernes, espero que hayan tenido una buena semana. He estado ocupada entre clases de refuerzo de conocimientos, escritura de relatos para un concurso municipal, tardes en Heartopia para trabajar los relatos del concurso, visitas de mi querido sobrino Juanchi, el evento de artes marciales de los carnavaleros (por ahora llevo la primera parte) y más cositas de mis desvaríos diarios.
Por mi parte, me encuentro un poco enferma, sin desayunar, sin almorzar y sin nadie que se preocupe por mi, porque valgo pitochu para mi madre, mi padre y ese par de gentuza que dicen ser las nietas de ellos que se llevan toda su atención. ¿Qué tienen ellas de especiales para que me tengan que dejar a mi en el olvido y darme poca importancia; además de solo servirles para mandados, atenderlos, cocinar y limpiar? No lo sé, lo único es que me pone triste, más resentida con ellos (y la vida que me tocó con ellos). Solo voy a dedicarme solo a mi y mis asuntos. Ya me da igual si se enojan o me atacan, esta clase de maltrato lo vivo a diario.
Los Apocalípticos del Parque: Revisitados
Después de un puñado de años, el tipo que retornaba al parque. Sentado en una banca y bajo la sombra de los almendros en flor. El viento mecía el follaje de los árboles. Era el inicio de la tarde. Era ese lapso del tiempo, más allá del mediodía y después del almuerzo en que todos caen en un estado de ensueño colectivo.
El tipo ha regresado después de nueve años y el recuerdo ha sido un eco arrastrado por el mar del tiempo. Nueve años atrás, había anotado: "Como dice la Sagrada Biblia, Apocalipsis significa: revelación. Género profético de estilo alegórico, con abundancia de visiones, escenas teatrales, etc. Es prácticamente un combate de Dios y su cordero, de una parte, y de la otra, el dragón y sus satélites: la bestia, el falso profeta y los reyes de la Tierra aliados a la bestia. Lucha del bien y del mal.
Diabólicamente me atrevo a anotar que cada ciudad posee su infierno. Pueblo chico, infierno grande. Todos llevamos el infierno en nuestros cuerpos. Pero, ¿dónde el infierno público de Guayaquil? ¿Quiénes son sus apocalípticos? ¿Cuál el parque que le rinde homenaje? El lugar: La libertad está en el centro, como sentadita en el verde limón, rodeada por próceres de bronce. Está atravesado por la Nueve de Octubre que bebe las aguas podridas del estero Salado y las dulces del río Guayas. Es el Parque Centenario.
¿Quiénes son sus apocalípticos?, ¿Quiénes son sus características del escenario? Una noche anterior con un amigo atravesábamos el parque, en las bancas: viejos jubilados miraban la vida que se les iba, gota a gota; mujeres y niños trataban de reír, pero las sombras eran espesas y ahogaban sus vanos intentos. A un costado, un predicador frenético, iba sudoroso de un lado a otro. La Biblia en la mano, gotas de sudor descendiendo por su cuerpo como un mar de lava, los ojos desorbitados. Era el hermanito Zamora, la presentación de una posibilidad de salvación, de alcanzar la gloria, sus escuchas eran demonios arrepentidos, ángeles sin alas. Al otro costado, Clarita cantaba boleros en los que el amor es un puñal que mata. El gentío la rodeaba festejando su locura. Otra gente, iba y venía, algunos sin detenerse; otros paraban un momento a ver esos muchachos que descalzos caminaban sobre vidrios triturados. O al negro que vomita fuego. Al payaso que lanza chistes como quien lanza piedras y rompe el orden social. Y aquel amigo dijo: Así debe ser el infierno".
El tipo estaba ahora acompañado por una mujer delgada y triste, su belleza era la de esas muchachas que pintaba Modigliani. Ambos miraban ese mar de gente que enfilaba su cascaron de proa hacia los pétalos de la rosa de los vientos o que sencillamente daban vueltas y vueltas, como un disco en el vientre de una rocola, alrededor de la estatua de la Libertad. Otros, como el tipo y la mujer tristísima, sentados en las bancas. Y unos de pie como vigías, como espantapájaros, como próceres de bronce.
En ese ir y venir de olas de gente: el vendedor de globos y veletas, mostrando su mercancía a niños que madres llevan a rastras. Globos con los colores del arco iris y veletas marcadas por el viento y al centro, el vendedor negro como en una escena de un pintor naif.
En las bancas jubilados hablan del pasado, se hunden en antiguos sueños. Sus puños crispados sostienen bastones, sus cuerpos visten ternos o guayaberas. Sienten cómo se les escapa la vida. Sienten cómo en sus oxidados pechos los harapos de vida desaparecen.
Más allá, un grupo de vendedores abandona sus carretillas de helados a la vera del sendero, y como niños, juegan a la raya. Lanzan monedas contra la cicatriz que abre el cemento, así como si lanzaran cuchilladas.
Una manada de turistas toma fotos, disparan sus asombros, eternizan escenas costumbristas en Ecuador el país de la línea imaginaria. Unos malandrines lanzan miradas catadoras a estas cámaras fotográficas y planifican maniobras tipo Unitas o algo parecido a la piratería.
De pronto, aparece una procesión de seres deformes, viven de la caridad pública. Se arriman a los portones, escalinatas y muros de templos e iglesias. Van como caracoles llevando a sus espaldas pertenencias, cachivaches y cartones.
Son una galería del terror urbano: la enana que vende cirios y estampitas, el paralítico ebrio, el viejo leproso que asusta a las niñas, el atormentado por la espuma de los días crueles, el demente que vaga desnudo como sí habitara el paraíso terrenal, el sarnoso que nadie quiere ver. Ellos viven fuera de templos e iglesias, arrimado a los portones de la casa de Cristo pero ni allí son bienvenidos.
En las bancas del frente, casi perdidos en la maleza, enamorados y amantes, prometiéndose amor eterno, besándose sin escuchar el sangriento pregón de periodiqueros. También por esos lados, estudiantes vagonetas, ellos ríen, conversan, gritan, garabatean las bancas. Aún la espuma de los días crueles no llega a sus playas.
Y bueno, espero que les haya gustado la lectura, que, sin importar la época, sigue siendo el mismo Guayaquil, solo que, bajo una fachada más "moderna" y cosmocentrifugada por las modas y decisiones de los dirigentes. ¡Viva Guayaquil! Salgan, diviertanse, esquiven a los asaltantes y las balas, pasen bonito y gato Lira les desea lo mejor. Nos vemos en la próxima entrada al blog.
Lira.
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