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Cuentos Lira: La gata amortajada


-Portada fea hecha por su servidora-

Buenas, buenas. Estimad@s lector@s de Mundo Lira. Espero que se encuentren muy bien.

Esta semana se ha ido bastante rápido y eso que he hecho muchas cosas: actualizar la interfaz del blog, hacer el nuevo afiche del taller de escritura MundoLira que subiré el día lunes; tareas de casa y de ayudante de maestro cerrajero; apenas me cayó un encargo de ensayo reflexivo; ya salió el nuevo evento de Eidengelion donde lance 40 contratos en la cuenta de Erolabs para que me salga el Olivine piloteador de EVA y no salio nada; la plata y el tiempo vuela (noviembre nos metió 15 días en un abrir y cerrar de ojos); ya se respira la navidad (porque el sistema económico está en declive); se acerca mi ceremonia de graduación; me estoy quedando lentamente pelona; vengo de acompañar a mi madre al médico donde le sacaron casi cinco litros de líquido amarillento del estómago y le mandó medicina para dos meses (ya puede comer más variedad de comida).

Para la sección de hoy les voy a compartir un cuento que hice hace tiempo como un ejercicio de escritura en la universidad con una consigna peculiar: un relato corto que tenga representación de un pecado capital y con una resolución de consecuencias en su trama. El pecado capital que me tocó fue la pereza, así que lo relacione con la temática de gatos (los reyes de la pereza) y tomé de inspiración el relato de La Amortajada de María Luisa Bombal.

La sinopsis es la siguiente: una chica se queja de lo perezosa y extraña que es Olga, la gata de su novio que salió de viaje por unas semanas y debe cuidarla. La chica y Olga no se llevan bien, sumado a que la gata padece de una enfermedad renal, hace que la chica desee que la gata pase a mejor vida.  

Espero que les guste, aunque la estructura narrativa no está del todo logrado y la voz narrativa es insistente en remarcar sus comentarios despectivos sobre la gata.


La gata amortajada
L. Vera

— Y eso es todo lo que tienes que hacer con ella. 

— Está bien, déjala en mis manos. Que tengas un buen viaje, cariño. 

— Eres mi salvadora. Te quiero. 

Con ese “Te quiero” dispersandose en el aire, vi a mi novio irse con sus maletas en mano hasta perderse al final del pasillo.

Se irá por una semana a las afueras de Porto-Novo por asuntos de trabajo, y encima de decírmelo a última hora, me dejó a su gata Olga junto con sus pertenencias e instrucciones para cuidarla. 

Desde que mi novio rescató a Olga de entre la basura a días de nacida y con una de sus patitas traseras coja, cuidó de ella con mimo hasta que sanó su patita.

A partir de ese día, la gata y él se han vuelto inseparables hasta el punto de que la consiente mucho con excepcional habilidad.

A veces me siento celosa de que mi novio quiera más a esta bola de pelos que a mí, pero tengo que aceptar que mi lugar está después de la niña de sus ojos, de su dulce negrita.  

El transcurso de la semana con Olga fue de las más desconcertantes que he vivido con un gato. Olga es de esa especie que se relaja en todas partes de la casa, sin importar el peligro. Si no es en el sofá donde se suele sentar mi novio cuando me visita, es en el mesón de la cocina donde estoy picando verduras, o encima de mi laptop abierta y me borra toda mi tarea, también se pone encima de mis libreros, en otras ocasiones la encuentro en los filos superiores de las puertas, encima de los armarios y la nevera, debajo de las mesas.

Para mi sorpresa, al hacer videollamada con mis amigas, se pone detrás mío con sus ojazos y una sonrisa que trata de ser graciosa.

Siempre trato de que se quite de esos lugares, pero la muy pesada y sorda no me hace caso. Se amolda más en la superficie de donde está y baja cuando le da la gana.  

Mi novio siempre me cuenta que el trato hacia Olga debe ser especial. En mi departamento hay reuniones y mi novio nunca falta con ella, porque de alguna manera, le encantan los lugares con mucha gente. Sin embargo, no se pone a socializar ni a conversar en maullidos.

Ella no se les acerca ni le hace piruetas para que le acaricien el suave lomo y cola, ni siquiera va a sobarse en las piernas de los que quiere atención mientras ronronea. La muy creída se queda quieta, viéndolos fijamente y da un maullido suave, como señal para que se acerquen. 

Ni hablar con la señorita y su comida. La muy vaga no pide sus croquetas acercándose a su plato, ni tampoco hace malabares para pedir o robar deliciosos pedazos de proteína. Ella quiere que vayas a verla desde el recóndito lugar de donde está metida, la saques como sea sin lastimarla, la tomes en brazos y la lleves hacia su plato, porque no quiere caminar con esas 4 patas peludas y regordetas que tiene de adorno.

 Pero aquí no terminan las exigencias, ella toma agua de garrafón y come croquetas gourmet con sabor delicias del mar. No come enseguida, mira con atención su plato y luego a mi, como si me dijera: “¿Eso es todo, humana?”. 

— Ahí hay un pedazo de filete de pescado. ¿Qué más quieres?

Cierto, se me olvidaba que mi novio siempre le da de comer en la boca antes de que ella lo haga por su cuenta. Puse un par de croquetas con un trozo de pescado en la palma de mi mano y le acerqué a la gata. Primero las olió con su naricita rosada y después se los comió de un bocado, pasando a comer del plato. Una gata completamente exasperante.

Contaré un poco mas de ella. A esta gata le gusta jugar mucho a las escondidas, en especial en la noche. Cuando la oscuridad de mi apartamento llega, se traga a Olga haciéndose un solo ser. Le es fácil jugar sin esfuerzo, y hasta ahora, nadie le ha ganado.

 Estuve más de 2 horas buscando a Olga para darle la medicina para sus riñones. Revisé cada parte de la casa donde se pone a dormir. Cuando estuve a punto de rendirme y no darle su medicina, me acorde que mi novio me explicó una vez que ella no le gusta tomar medicina y ante esos casos, opta por agitar una lata de su paté favorito por todos los rincones de la casa para que aparezca con un maullido o se detecte un par de ojos verdes en la oscuridad. 

No es fácil sacar a la gata de los sitios en que se esconde porque se adhiere a la superficie con sus garras, a lo que me toca retirar las pelusas de debajo de la cama para sacarla y darle sus medicinas. 

Olga es muy difícil de tratar, si no está jugando a las escondidas, está en el balcón viendo a la gente pasar, o en el mayor de los casos, solo está durmiendo en los lugares más oscuros, peligrosos y redundantes del departamento con sus cuatro patitas estiradas por completo o en posiciones incomprensibles. 

La forma de dormir de esta bola de pelos me pone de los nervios. Hay veces que duerme con los ojitos cerrados, como si estuviera en alguna incansable búsqueda del Zen, pero la muy cabezona solo ha de pensar que no tiene nada que hacer si su motivo de alegrías. 

En otras ocasiones, ella duerme con los ojos bien abiertos, ocultando sus bonitas patitas y mirando por horas a la nada.

Me he quedado con la creencia de que en ese estado está despierta, pero al tocarla y rascar su lomo, puede que su corazón haya dejado de latir por la casi nula actividad física que hace. No sé porque lo pienso y me da gracia que sucediese, pero me tomaría por una ingrata sorpresa si llegase a suceder, más aún cuando le esté dando su limpieza de oídos y toque un lugar donde le dé una convulsión y se muera, le explote los riñones o que la haya acicalado tanto que se le caiga el pomposo pelo.

El aseo diario de Olga sería algo relajante, pero me ha tocado hacerlo mientras ella está dormida con los ojos abiertos. Eso facilita de alguna forma el trabajo, así no tengo que lidiar con una gata hostil e inquieta que me quiera sacar un ojo con una de sus garras. Ella solo se dedica a disfrutar del proceso con su respiración tranquila, postura tendida y relajada. Esto para un gato cualquiera es una tortura.

Debo admitir que Olga es una monada, pero no hace nada por la vida más que esconderse y dormir. Pero un día, sucedió algo inesperado con ella.

Era un día muy temprano en la mañana, Olga se había levantado conmigo y estaba acostada cerca del sofá. En eso, mi padre entra a mi apartamento. Mi padre es un viejo arrogante y de voz estremecedora, vino en persona a dejarme un expediente con algunos documentos notariados y pruebas de un caso que se presentaría en 4 días. Me dijo que debía estudiarlos a profundidad para defender al cliente y dar a relucir la reputación de la familia.

En ese momento no le preste atención ni a mi padre ni a la gata debido a mis prisas por enviar una carpeta de dibujos con el capítulo de la semana a la editorial. Mi padre se fue y termine de enviar mi trabajo, me di cuenta que la gata no esta en la sala ni en el balcón.

Llamé por su nombre varias veces y no recibí respuesta. Entonces, pensé que debe estar escondida por las partes oscuras de la casa.

Con la linterna y la lata de comida fui a buscarla, y no la encontré. Con desesperación, volví a revisar los lugares por precaución. Sin nada que poder hacer, volví a pensar en posibles situaciones de desaparición de Olga.

Tal vez, en el momento que mi padre entró al apartamento, dejó la puerta abierta y la gata, por la voz de mi padre, corrió del susto hacia afuera.

Con ese pensamiento en mente, salí del apartamento a preguntar a los vecinos y al portero si habían visto a Olga. Ellos me respondieron con un lastimoso no. Sin saber qué más hacer y sin opción a llamar a mi novio, decidí pensar mejor las cosas.

¿Dónde pudo haber ido una gata mimada, floja y enferma renal? No debe de estar muy lejos. 

Pase el resto de la tarde buscando a Olga por alrededor del edificio y en algunos comercios cercanos. Para mi horrorosa suerte, di con el paradero de esa bola de pelos.

La pobre gata está tirada en el suelo con espuma en la boca. Sus patitas chuecas y sus ojitos verdosos bien abiertos, con las pupilas del tamaño de una almendra.
Al principio me dio cosa agarrarla porque el pelaje y la cola de lo suave que era, ahora está tieso y erizado.

 En pánico, opte por buscar una caja de entre la basura y ponerla allí con cuidado. Subí a mi apartamento, la limpié con sumo cuidado y la envolví con resina amoldable para simular que sigue viva.

 Pasado mañana viene mi novio a recoger a su niña y cada minuto que pasa, es una condena. No hay forma de regresar en el tiempo ni aunque la ponga boca abajo en el techo, envuelta y pegada con cinta, ni con mis lágrimas de arrepentimiento, no volverá a la vida.

 Está claro que la gata no va a moverse ni a maullar. De tanto que lo desee, ya no me hace gracia.

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Eso es todo por hoy. Ah, este Domingo son las votaciones de consulta popular, lo que significa que toca ir a tu lugar asignado a rayar si o no ante esas preguntas más tramposas que el mazo de cartas de Yugi en Yugioh. Mi consejo es que no importa ese si o ese no en la papeleta, de todas formas esos hijos de la guayaba de los directivos y el propio Nobita sin Doraemon harán lo que se les pega la regalada gana. Lo más jodido (en mi caso) será ir a perder medio día para llegar y volver de la sede donde me asignaron (para Prosperina, locos) que de rayar esa tontera de papeleta y me den ese papelito. Todo para evitar pagar una multa equivalente a un salario básico (que no tengo). Esto está bien cabron, como la vez (ayer) que esas tetas masculinas del padre Olivine me tentaron a gastar 40 contratos a lo loco para que no saliera nada. Por más que se tengan los recursos y arriesgarse por algo tentador/necesario, igual quedamos pateados. Recuerden eso. Van a hacer cambios, pero no lo que esperamos. 

En fin, nos vemos en la próxima entrada ¡Saludos!

Lira

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